Hice un cadáver exquisito
con todas mis voces del pasado
con las vicisitudes de la verdad entredicha
o jamás hablada.
Con las palabras que rumié hasta caer rendido del sueño
de la pesadumbrez
de la arrastrada manía de no ser correspondido
en mis sueños lúcidos.
Hay una voz de varón adolescente
que se ha apoderado de la mitad del cuerpo inerme
que la tinta ha ido construyendo.
Otra voz esperanzada por que recuerda unos labios húmedos
en alguna noche del verano eterno de los dieciocho.
Hay una voz cegada por unos labios mustios que aparecieron
de repente
en un recuerdo enterrado por el torbellino de la alborada y del alcohol.
Hay otra voz
inefable
que parecer querer hablar a esa hora de la tarde de un domingo...
pero no habla.
Y en un rincón hay una voz femenina
que siempre me habla al oído
me sostiene
me dice "también sos yo, aunque te escapes"
me recuerda que una vez y para siempre
me dejé fluir
y no ser más ese ente que apenas si recordaba
labios húmedos
y labios mustios
a la alborada.
Poco a poco, en los pliegues de la hoja iban cayendo las palabras. Las voces en distintos tonos iban esbozando un gólem de visiones, de anhelos, de misterios, de preguntas no formuladas, de experimentos cuyos resultados no se los había llevado ningún viento. Un gólem de éxitos y de ayeres no resueltos, de jugadas que nunca se jugaron... de disfraces, imposturas y delirios. Pero también de paz, de paces, de satisfacciones, de estar
Con mis voces del pasado armé
un cadáver exquisito.
Y no lo creerías
que la paz de mis voces recorrió ese laberinto
y vino a poblar mi cuerpo.
Inerme está y soy todos ellos y también ella, y elle y soy paz y soy vida.
En los pliegues de la hoja quedó un secreto
revelado en las últimas huellas de la pluma
y de los dedos encendidos por el inocente deseo
y apenas disimulado por la indolencia del que soy hoy:
Fui feliz un día
con unos ojos pardos y unos labios mate
que me juraban amor.
Pero también fui feliz un día
en la soledad de una pandemia
con la verdad de ser
conmigo
en un espejo.